Tecnologías de la información, Cultura y Sociedad.
Sergio Andrés Bohórquez García
Aldea Global, este es un concepto que ha surgido y sonado fuertemente en los últimos años. Es un concepto interesante: el de un mundo unificado, estandarizado, sin fronteras. Son muchas las voces de hombres y mujeres poderosas que se alzan para decir que este es el fin último de la humanidad, y su herramienta principal para lograrlo son las tecnologías de la comunicación.
Es realmente escalofriante, si se piensa mejor, lo mucho que la tecnología ha avanzado en estos años. Se ha hecho indispensable, omnipresente, omnipotente. Hemos incluso desentrañado los secretos más profundos de la materia y la vida, el ser humano se ha reducido a unos millones de cadenas de ADN, manipulables a voluntad. La vida entera se ve en televisión y en Internet en tiempo real (recordemos el ataque a las Torres Gemelas, en vivo y en directo). Todos y todas accedemos a Internet, donde se encuentran comunidades virtuales como Facebook, con millones de fotos y datos de personas alrededor del mundo entero, todos usamos computadores, todos tenemos celular.
Y es esta tecnología la que se ha convertido en la más nueva herramienta de control social. Vemos lo que los gobiernos y empresas quieren que veamos, compramos sus productos convencidos de su necesidad, nos distanciamos más como seres humanos, prefiriendo el contacto virtual.
La información está concentrada en solo tres sectores, lo que la hace excluyente, un objeto de acceso masivo, pero que solo unos pocos pueden crear.
La cultura se ve hoy permeada por la tecnología. Las grandes empresas buscan tribus urbanas para diseñar sus siguientes productos, dividiendo de esta manera al pueblo en grupos de consumo. Un ejemplo claro de este fenómeno es el de Macintosh.
Por años, la Mac fue una competidora fuerte de la Microsoft, pero eventualmente no pudo soportar las prácticas monopolistas de la megaemporesa. Poco a poco perdió terreno y mercados, quedando relegada a la elección de unos pocos fanáticos fieles.
Fue entonces que, en 1996, Steve Jobs, cofundador de Macintosh, decidió regresar a su antigua empresa y retomar sus riendas. La tarea era difícil: ¿cómo resucitar las finanzas y la posición que Mac tuvo alguna vez? La respuesta era sencilla, llevar la tecnología al plano de la cultura, como en su momento lo hiciera la Sony con el Walkman. Y el resultado fue el iMac, una computadora sencilla, como cualquier otra, pero con colores brillantes. El éxito fue inmediato, los jóvenes hacían filas en las tiendas para comprar su color favorito.
Pero aún faltaba el toque final. Llevando su idea a nuevos niveles, Jobs decidió diseñar un aparato que utilizara la tecnología que la Sony había hecho a un lado: el MP3. La idea era crear un aparato que reprodujera este formato de audio y que fuera pequeño, barato y fácil de usar. Luego de unos meses de diseño, prueba y error, Jobs presentó el iPod. Y allí comenzó todo: fueron unos cuantos los que compraron el aparato, pero su característico cable blanco despertó la curiosidad de los jóvenes, quienes comenzaron a pensar que se veía bien. Rápidamente las ventas crecieron, todos querían tener ese nuevo aparato, y el resto es historia. El iPod es ya un símbolo cultural, de fácil recordación, un símbolo de juventud, libertad e inmediatez. Y la compañía es hoy por hoy una de las más fuertes del mercado, todo gracias a la idea de convertir los productos en objetos culturales.
Como todo lo creado por el hombre, la tecnología nos muestra dos caras: los beneficios de la comunicación instantánea, la conectividad, y su uso como herramienta de control, como parcelador de los países. Ahora, si no producimos información, somos pobres. Si no producimos tecnología, debemos obligatoriamente comprársela a quienes la crean, Estados Unidos, Europa y Japón, haciéndolos un poco más ricos y poderosos cada vez.
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